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dijous, 5 d’abril de 2012

Mi madre no trabaja


«Mi madre no trabaja -contestó una adolescente  entrevistada hace unos años-. Ella se encarga del tema de la casa: compra, cocina. todo, todo lo que se necesita en casa. lavar y planchar la ropa, fregar, cuidar a mis hermanos... Lo que te decía, como no trabaja, ella es la que se encarga de estas cosas». La socióloga Raquel Royo Prieto empieza así su estudio Maternidad, paternidad y conciliación en la Comunidad Autónoma del País Vasco. ¿Es el trabajo familiar un trabajo de mujeres?, presentado en Vitoria (...)
«El trabajo doméstico, las múltiples actividades cotidianas que nos proporcionan alimento, vestido, protección y cuidado carecen del reconocimiento social que merecería una labor tan necesaria y relevante para el bienestar y supervivencia de la sociedad», explica Raquel Royo. « Y es tan importante como el trabajo remunerado, propio de la economía de mercado».
Estudio a 52 parejas
En el libro se recopilan vivencias cotidianas de 52 parejas. «Una conclusión importante es que la desigualdad se reproduce porque hay obstáculos invisibles, ideas socialmente construidas, aprendidas sin darnos cuenta», explica Royo. «También atisbamos los nuevos valores y conductas básicas para avanzar hacia una sociedad no discriminatoria». Un ejemplo es la creencia social sobre cómo debe ser la buena maternidad, que genera sentimiento de culpa en las mujeres. «Es un obstáculo para la igualdad, en un sistema que se sustenta sobre el trabajo gratuito de las mujeres en los hogares».
Pero no estamos abocados al fracaso. «He visto que es posible subvertir esos mecanismos y desobedecer los mandatos genéricos. Es cuando se deconstruye lo que hemos aprendido sin darnos cuenta. Lo he visto en algunas parejas».
¿Cuáles son esos ejemplos elocuentes? «Hay padres que integran elementos que se han considerado femeninos, como el cuidado y el cariño a los hijos. Son capacidades que tienen los hombres y que el sistema les ha negado».
Un secreto bien guardado
La autora considera que el trabajo doméstico y de cuidados tiene en nuestra sociedad un carácter marginal y ello es debido, en parte, a que se considera un «trabajo de mujeres, invisible y desprovisto de la consideración de auténtico trabajo. Es una actividad que se encuentra entre los niveles más bajos de aprecio social». Aunque ha sido designado con «el trabajo del amor», que se hace, aparentemente, sin ningún desgaste personal, el trabajo doméstico y su utilidad social es uno de los secretos mejores guardados de la sociedad, dice.
Todas las personas compartimos la experiencia de haber sido cuidadas, pero «el empresariado, la Administración y la Universidad olvidan una realidad que envuelve nuestros recuerdos, marca nuestro presente y, por tanto, merece toda nuestra atención».
No es casual que lo doméstico no sea considerado trabajo. «Un mecanismo típico de las ideologías hegemónicas en Occidente consiste en presentar como naturales las relaciones sociales de poder», escribe. «La doctrina de las esferas separadas está puesta en cuestión por la incorporación masiva de las mujeres al ámbito laboral, pero pervive en el mundo de las creencias y valores socialmente compartidos».
Por su parte, María Silvestre recuerda que «a pesar de los logros en el camino hacia la igualdad, el peso de las tareas desarrolladas en el hogar continúa recayendo fundamentalmente en las mujeres»

DATOS

Hombres: Los hombres españoles -y los vascos- están en la cola de la participación en las tareas familiares en el entorno europeo -con porcentajes que alcanzan el 70% y 66% respectivamente-. Su comportamiento se aproxima más al de los varones de los países del Este de Europa que al de los países nórdicos y centroeuropeos (Eustat).
Dedicación: Según un estudio europeo en población de entre 20 y 74 años, la carga global de trabajo de las mujeres (trabajo remunerado más familiar) es mayor que la de los hombres (excepto en Suecia, donde es la misma) y su tiempo de ocio es menor.
Ocio: Las mujeres dedican a la vida social y diversión 4 minutos menos que los hombres, practican deporte 16 minutos menos, cultivan sus aficiones y se dedican a Internet 21 minutos menos, y utilizan los medios de comunicación 12 minutos menos, según datos del INE.

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