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dijous, 12 d’abril de 2012

Los 101 errores que cometemos las mujeres



POR ALICIA KAUFMANN*


¿Las mujeres tienden a rivalizar? Alicia Kaufmann, catedrática y coach ejecutiva se pregunta cuáles son los condicionamientos con que las mujeres crecen, que las marcan a fuego en su relación con el poder y la competencia. Se trata de una reflexión sobre el camino de la rivalidad femenina hacia la solidaridad de género.

"Si quieres llegar rápido, ve sola, si quieres llegar lejos ve con otras." Dicho africano
Comentaba Mercedes Wullich en Mujeres&Cia. y como participante del Seminario "Women Leadership" alguno de los descubrimientos que se lograron gracias a este grupo experiencial. Entre ellos, la dificultad que tienen las mujeres en cohesionarse para tomar el poder, aún en una organización ficticia,  como la que  se organizó en este Seminario.
Relacionando esta experiencia, con otros seminarios y  procesos en asociaciones de mujeres, se observa una constante: la dificultad de desarrollar más solidaridad entre féminas. En una primera aproximación, la respuesta estereotipada sería "las mujeres rivalizan". Pero si observamos con más detenimiento el fenómeno, comprenderemos que existen múltiples factores que condicionan estas respuestas.
Nos sometemos de una manera inconsciente a los mandatos familiares que nos dicen de una manera u otra sed "niñas buenas", en tanto que el mandato de los varones es el de "competir" hasta morir...
Es  sabido  y experimentado, que  los hombres utilizan cualquier estrategia para hacerse con el poder, y además, lo que más miedo les da es tropezar con la cabeza de las mujeres, con su capacidad de pensar y analizar las situaciones de manera aguda. El cerebro femenino, les atemoriza más que toparse con cualquier otra parte del cuerpo, por seductora o apetecible que sea, dado que en el terreno de la seducción o de las actividades "donjuanescas" se encuentran en un ámbito conocido.
Algunas veces, observamos en escenarios donde coexisten ambos géneros pero con un claro predominio masculino, que se presentan dos estilos de liderazgo: por una parte el masculino, el ´arrollador´, frente al de las mujeres con un tímido y poco solidario liderazgo ´inclusivo´. Celia Amorós señala siempre que  "la cultura socializa a las mujeres para el no-poder".
En términos generales, las mujeres podemos ser rivales, pero nunca dejaremos de intentar comprendernos, de ponernos en el lugar de la otra, de expresarnos el afecto y respeto que sentimos la una por la otra,  porque todas deseamos lo mismo: una promesa de felicidad.
Como hemos visto y comprobado en el seminario, "Mujeres líderes en organizaciones cambiantes", en la vida real,  y en los pocos estudios empíricos sobre este tema -Centro de Investigaciones Sociológicas estudio 2744 del 2008-, explorar sobre los mandatos familiares constituye aquello de lo que no se habla porque corresponde al ámbito de lo privado. Las mujeres debemos ser quienes somos y no contarnos historias, porque estaríamos sometiéndonos, de una manera inconsciente, a los mandatos familiares que nos dicen de una manera u otra sed "niñas buenas", en tanto que el mandato de los varones es el de "competir" hasta morir...
Nos sometemos, sin darnos cuenta a lo que la sociedad o la familia quiere que seamos. ¿Hasta qué punto la competitividad entre mujeres y la hostilidad destructiva, sirve para mantenernos encerradas sin que haya ninguna puerta que abrir para buscar aire fresco o una mayor libertad, como sucedía a las esposas del antiguo harén?
No aceptamos la poligamia, pero en lugar de un esposo común obedecemos a los mandatos sociales que provienen de una voz invisible que nos ordena sobre cómo debemos comportarnos...
Competimos y rivalizamos desde siempre por una razón simple: porque no hemos logrado entretejer armónicamente lo que pensamos, sentimos y creemos desde nuestra autoridad como mujeres.
"No te harás con el poder, no liderarás, no serás dueña de tu vida, vive solo para los demás,  debes ser siempre altruista, si piensas en ti eres una egoísta", constituyen tan solo un mínimo ejemplo de esos mandamientos invisibles que han incidido sobre todo en la generación de mujeres mayores, encontrándose diferencias respecto a estos primeros modelos en las generaciones de mujeres y hombres jóvenes. 
A veces escuchamos, pero no reflexionamos todo lo que se dice de nosotras. Culposas, ni siquiera furiosas, aceptamos sufriendo en silencio los estereotipos que nos mantienen aplastadas y aisladas. Optamos por ese comportamiento, en lugar de relacionarnos y ayudarnos a evolucionar como personas, para transformar este estado de cosas y abordar con inteligencia emocional esas agresiones que no nos permiten crecer. Acatamos, sin darnos cuenta "ser una niña buena", en lugar de crecer y hacer ver el poder de la MUJER. Es más, la sociedad devalúa a la mujer madura, como si fuera un objeto desechable, lo que nos hace sentir aún peor, en lugar de aprovecharnos de la sabiduría interior, que nos da la vida.
Con la desunión y rivalidad  estamos aceptando que nos lleven a desear ser aquello que no somos y a odiarnos como si se tratara de una respuesta hipnótica. La pregunta fundamental y tarea a emprender sería ¿cómo darle la vuelta a todos los mensajes que nos mantienen en una relación de no-poder con y entre nosotras?
Competimos y rivalizamos desde siempre por una razón simple: porque no hemos logrado entretejer armónicamente lo que pensamos, sentimos y creemos desde nuestra autoridad como mujeres.
Cuando se les pregunta a las mujeres si quieren el poder, muchas veces responden queno quieren el poder, sin poder diferenciar que el poder que no desean es aquel que aplasta, en donde todo vale, en donde el macho, al igual que Tarzán, tiene que hacer ostentación de su poderío. Sin embargo, cuando sobre todo los hombres se tranquilizan, pueden aludir a su vulnerabilidad y sentimientos, aproximándose más a un liderazgo inclusivo que pueden compartir en lugar de agredir y competir.
Hemos de desarrollar una autoridad que nos permita observar de cerca qué nos condiciona, qué nos une y qué nos diferencia, sin necesidad de conformismos ni de vernos obligadas a ser la súper  woman.
El debate coherente, un coaching de género que aborde en profundidad estos cambios y sobre todo, pasar de la soledad a la solidaridad,  nos ayudará enormemente en esa transición para acceder al poder por ser mujer.
*Alicia Kaufmann es Catedrática de Sociología. Coach Ejecutiva.
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