Hands

dilluns, 4 de febrer de 2013

Las emparedadas


Las emparedadas eran mujeres que se encerraban voluntariamente en diminutas habitaciones, a menudo tan pequeñas que no podían echarse para dormir en las iglesias y catedrales.
Hubo dos tipos de emparedamiento: aquel que con carácter de castigo se impuso a determinadas mujeres por sus faltas y delitos cometidos, nada nuevo en la historia si recordamos el caso de las sacerdotisas vestales que en la Antigüedad eran encerradas al haber perdido su virginidad, y el caso de las mujeres que voluntariamente, con autorización de sus familiares y superiores, decidían adoptar este tipo de vida penitente.
 
La puerta de la habitación era tapiada y quedaban encerradas permanentemente hasta su muerte. Su único contacto con el mundo era mediante una pequeña ventana con barrotes por las cuales se les pasaba alimentos. En algunos casos esta ventana daba a la iglesia y vivían de las sobras de los curas, en otros daban a la calle y vivían de la caridad de los transeuntes.

Quizá el abuso fue la causa de que en el Sínodo del arzobispo Ayala de 1693 se prohibiera en adelante estos emparedamientos; sin embargo, las comunidades admitidas hasta entonces siguieron vigentes y sujetas a visitadores nombrados por el Ordinario, disponiendo que en adelante no se celebrasen misas en sus celdas y encierros, ni aún
in artículo mortis. Hoy no queda más recuerdo en el paisaje urbano de tales emparedamientos que los viejos muros de las antiguas parroquias citadas, testigos de un tipo de penitentes que con el tiempo evolucionó hacia beaterios y reclusiones en comunidad de doncellas y viudas.

Una de ellas era Santa Oria, que parece que sobrevivió unos 20 años a este encierro, luego de haberse ofrecido voluntariamente a los nueve años de edad.
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