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dissabte, 21 d’abril del 2012

Las tres dimensiones de la sexulidad



¿Conoces la diferencia entre sexo, placer y erotismo? La sexóloga Luisa Torres te explica los conceptos básicos de la vida sexual.

Por Luisa Torres Tobar Psicóloga- Sexóloga
terapia@luisatorrestobar.com

Sexo, sexualidad, afecto, amor, placer, erotismo… tienden a ser confundidos e incluso reducidos a la mera penetración sexual. ¿Pero entonces qué es la sexualidad? La sexualidad, más allá de los tabúes y del énfasis por el acto carnal, es la experiencia de vida del ser humano en su vida de pareja, en las relaciones y la comunicación que establece consigo mismo y con las demás personas. Este amplio triángulo que maneja las dimensiones de pareja, individuo y sociedad se desarrolla en cada uno de nosotros desde el día en que nacemos hasta el día en que morimos. Conocer a fondo la sexualidad de uno mismo es fundamental, no sólo para conseguir una mejor interacción con la pareja y con los círculos sociales que nos rodean, sino primordialmente para lograr el conocimiento y la aceptación de lo que nos gusta a cada cual y, con ello, un sincero bienestar tanto físico como emocional.

Pocas veces nos preguntamos de qué se trata la sexualidad y adoptamos aquel juicio dado por la experiencia personal dentro de una sociedad machista, liderada por la idea de un hombre potente y una mujer que debe adaptarse a las necesidades de él. Estas ideas, sin buscar culpables, están presentes porque la sexualidad ha sido considerada un tabú desde hace muchos siglos y los temas relacionados con la materia no han tenido la atención y el tratamiento que se les han dado a otras áreas. Pues bien, esta falta de conocimiento es una de las principales causas de confusión, donde nuestro bienestar físico y emocional se ha visto comprometido.

El primer paso: ¿qué es la sexualidad?
La sexualidad es el producto de lo que hemos aprendido en nuestras relaciones con las demás personas. Todos tenemos nuestra propia sexualidad, aunque cada persona tenga una manera propia de vivirla o experimentarla a lo largo de las etapas de la vida.
La sexualidad es una vivencia de gran trascendencia que nos afecta por completo en diferentes ámbitos de nuestra vida. Se manifiesta a nivel biológico con la expresión del cuerpo, a nivel psicológico por medio de las emociones y en lo social a través de los códigos sociales. En este orden de ideas, su manifestación tiene como finalidad la reproducción, el placer y la comunicación.

Reproducción, placer y comunicación Al tener en cuenta las tres dimensiones que abarca la sexualidad, resulta fácil comprender que vivimos la sexualidad, no para tener descendencia, sino para comunicarnos y/o relacionarnos, y de esta manera obtener satisfacción con aquellas personas que nos rodean. La reproducción, y por ende el acto sexual, es una función secundaria de la sexualidad. A lo largo de la vida, tenemos una capacidad reproductiva que puede ser efectiva o no según las posibilidades biológicas, psicológicas y sociales de cada uno. Cada cual tiene el deseo libre y responsable de tomar la decisión de tener descendencia o no, lo que hace que la sexualidad sea independiente de la reproducción.

Por otro lado, el placer lo obtenemos a nivel psicológico por medio de las emociones. Cada día tenemos experiencias que nos producen placer o displacer, rechazamos el displacer y buscamos repetir aquello que nos produce mayor satisfacción. Las caricias, los abrazos, los besos, las miradas y las relaciones y vivencias sexuales son eficaces medios para transmitir emociones y sentimientos con un fin en común: el disfrute. El placer es un resultado sano y deseable que buscamos en las relaciones y en la vida común, siendo además, un valor humano que cada uno debe cultivar.

Las mujeres y los hombres somos seres sexuados que buscamos de manera constante relacionarnos y entendernos entre nosotros. Nuestra dimensión social implica aprender a establecer relaciones con los demás en un proceso que comienza el día en que nacemos, con nuestros padres y familiares, con los amigos y luego con la pareja. Estas relaciones son imprescindibles para un sano desarrollo de la personalidad.
La sexualidad es entonces un conjunto de tres dimensiones: biológica, psicológica y social que se viven en cada persona de forma diferente y a diferentes ritmos según las experiencias que a lo largo de la vida, afectan a la totalidad de la persona. Separar la sexualidad del resto de la personalidad, supone dividir al ser humano de su realidad vital y existencial. 
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dimarts, 21 de febrer del 2012

Madres e hijas: expectativas y vínculos de por vida - Mujeres&cia

Amor-odio, aceptación-rechazo, alejamiento-acercamiento, son sentimientos que caracterizan, con mayor o menor intensidad, al vínculo más profundo que existe en la vida de toda mujer, la relación con su madre.
La idolatramos de niñas, la aborrecemos en la pubertad, nuestra enemiga en la adolescencia y, si todo marchó más o menos bien, la comprendemos y valoramos de adultas, acercándonos más a ella.

POR ALICIA E. KAUFMANN

Madres e hijas: expectativas y vínculos de por vida


Muchas son las transformaciones de la mujer en su pelea por llegar a la cumbre, y muchos los cambios que generan en su eco sistema, en la cultura de las organizaciones y en el posicionamiento de los varones. ¿Pero en qué influye la relación de madres e hijas en este tema?



Uno de los clásicos de la sociología -Robert Merton- dice que la madre establece roles emocionales y el padre vínculos instrumentales orientados a resultados. Las relaciones laborales de la mujer están condicionadas por sus  primeras experiencias con las mujeres de su entorno. Según Angela Eden, las mujeres tienen distintas expectativas que los hombres respecto de  otras mujeres. Esperan que las demás las traten como si fueran sus hermanas, madres u amigas. La realidad dista mucho de ser así. De ahí que las mujeres en altos cargos han de cambiar sus expectativas y empáticamente, comprender la soledad en la que se encuentran. Quizás seamos nosotras las que debamos apoyarlas.

Las mujeres tienen distintas expectativas que los hombres respecto de  otras mujeres. Esperan que las demás las traten como si fueran sus hermanas, madres u amigas. La realidad dista mucho de ser así.
Otra autora  subrayó la transferencia maternal que podemos sentir hacia las colegas, dado que a la madre se la percibe como una dadora de amor incondicional. La madre es quien nos ha dado apoyo, pero también la primera que nos ha puesto límites, diciendo que "no". De ahí la importancia en analizar este primer vínculo y determinar nuestros sentimientos actuales al respecto.

Para este análisis, nos hemos centrado más en tres estudios. En el primero de ellos Deborah Tannen nos cuenta, que  la relación con su madre fue el origen para indagar sobre el tema. La relación entre madres e hijas, constituye la "madre de todas las relaciones". Es una de las más apasionadas y viscerales en la vida de las mujeres, aquella  por la cual se puede experimentar tanto el amor más profundo, como la más profunda rabia, incluso el odio. Esta relación nos obliga a afrontar cuestiones fundamentales de quiénes somos, quiénes queremos ser, y cómo nos relacionamos con los demás. Este vínculo tendrá un peso  enorme a lo largo de toda nuestra vida.

Para las hijas seguirá siendo crucial mucho tiempo después de haber llegado a la vida adulta e incluso, tras el fallecimiento de nuestras madres. Algo similar ocurre a las madres, aún cuando sus hijas ya sean ellas mismas adultas y  madres.

La autora señala que si bien, madre e hija tienen la misma conversación la interpretación, puede ser totalmente diferente. Se trata de diálogos en donde el "poder" y la  "distancia", se negocian continuamente.  

El objetivo de abordar este tema  es mejorar la comunicación entre madres e hijas y hacer más fluida las relaciones con las mujeres de nuestro entorno.

Una primera conclusión es que el vínculo entre madre e hija, está tan cargado emocionalmente porque combina una intensa conexión con una implacable lucha por el poder, sobre todo a partir de la adolescencia.

La actriz Liv Ullman, definió aquello que cualquier hija desea idealmente de su madre:"Le pase lo que le pase, ella sabe que puede confiar en mi, que no la voy a juzgar y que siempre va a recibir todo mi apoyo y ayuda. Ambas sienten profundamente las emociones de la otra. Cuando yo misma llamaba por teléfono a mi madre, o ahora a mi hija, por mi tono de voz se daban cuenta de cómo era mi estado de ánimo y viceversa. Otras veces, hubo llamados a 12.000 Km. de distancia, preguntando si me encontraba bien y efectivamente en ese momento me encontraba fatal. Durante toda mi vida sentí una conexión energética entre ambas, y muchas veces sentí que sus emociones eran transferidas directamente de un corazón a otro, como si se fuera una cuenta de banco emocional".

Ambas tienden a sobre valorar el poder de la otra y a infravalorar el propio poder. La relación entre madres e hijas, puede ser una gran fuente de consuelo, pero también puede causar un gran sufrimiento. De nadie más hablamos con tanto cariño,  y también con tanto resentimiento, como  de la propia madre.

A veces, al ser interpretaciones tan distintas de las mismas conversaciones, hacen que la frustración resulte frecuente, entre ambas.  Para una hija los comentarios de su madre resultan importantísimos. Por  eso, cualquier juicio emitido por ella, puede sentar como "una cadena perpetua". Las hijas tampoco se quedan cortas  y emiten generalizaciones  hirientes.

Si somos conscientes de estas cosas, es probable que manejemos mejor nuestras relaciones y que en nuestra carrera profesional,  identifiquemos el origen de muchos malentendidos. Y como consecuencia, podamos modificarlos.
*Alicia E. Kaufmann es Catedrática de Sociología. Universidad de Alcalá y Conferenciante de Editorial Lid


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